Réquiem al padre del “Guardián del Hielo”, del Comité de Gestión Cultural, Jose Watanabe
Réquiem al padre del “Guardián del Hielo”, del Comité de Gestión Cultural, Jose Watanabe
En una mañana temprana, compraría su pan antiguo amasado a mano al bizcochero Castillo, amante del box hasta el tuétano sí en la calle Industria, silenciosa, notando emanación cenizal lúgubre del ingenio.
Existiendo, sustancia literal otrora como la caña convertida en pista, y el viaje ondulante, vaivén del dulce negro; coloquial al barrer diario de las amas de casa, el frontis domiciliario con cenizal.
Tal vez ver el humeante diario del ingenio o la costumbre nipona, ya en Lima, el hábito de pitar llevaba consigo su natal tierra.
Cuántas colillas utilizaría como guionista en " Ojos de perro". Con la danza del hálito, su inspiración, ver el trapiche con el eco del chirrido y la salida de la fuerza del sombrero laboral diario.
Los domingos correr con sus amigos sin calzar, los caballeros con sus ternos domingueros llamando a unos lustrabotas, satisfechos con su brillo vespertino.
Recordaría el sabor del turrón, algodón de azúcar y los merengues, en sus veladas de escrituras; y los incontables ciclos de la acequia mochiquera, hoy sus aguas con nuevo color, distinto a lo acechado bajo el puente que fue detonado en una lucha obrera.
Hasta ahora un heladero laredino arroja el pesado hielo, ubicándose en su venta diaria frente del portal del Nuevo Fiscal, buscando un nuevo guardián de la pluma y papel.
Un centinela, buscado por extraños visitantes, tal vez en los cuarteles de caña dulcete con nuevos patronos, su vivienda natal o el nombre de una vía.
Aquella sonrisa del celador con promesa de nuevo hogar aún sigue buscando un nuevo solar. Ya no limpia su rostro de los colores del flash, de los disparos silenciosos o del obturador. Un “selfi”, con el dueño del "Guardían del Hielo"
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